A modo de contextualización.
El documental[1]
está estructurado en cinco actos, en función de los momentos del día, y, estos,
a su vez, aparecen segmentados en bloques. La metáfora del ritmo es la clave de
cada uno de estos actos, pues cada uno de ellos tiene un ritmo diferente. El
del amanecer es tranquilo, los comercios van poco a poco abriendo; en el lado
opuesto, la hora punta, con su frenética actividad. En medio de estos ritmos
extremos, el café de la tarde en las terrazas, y la cosmopolita noche.
El personaje es, evidentemente, la ciudad; es Berlín, pero podría ser
cualquier otra gran urbe. Es el Berlín del período de entreguerras de la
República de Weimar. Aparecen primeros planos de personas, pero sólo para mostrar
su angustia o su hastío. El personaje, por lo tanto, es múltiple y se divide en
cientos de ciudadanos, que aparecen, un buen número de ellos, alienados por la
ciudad. Y es una ciudad moderna, no cabe duda, con ese inicio de trenes y otras
máquinas que, junto con los edificios, parecen humanizados e, incluso, estos
últimos bailando al compás de aquéllos.
La tensión entre lo particular y lo general, lo concreto y lo
abstracto queda reflejado, por ejemplo, en esas imágenes generales de la gente
andando por la ciudad y, después, en los primeros planos de algunas de esas
personas. La ciudad, toda ella, es lo general, lo abstracto. La persona, en
primer plano, lo concreto lo particular. La metáfora del ritmo podría funcionar
de manera plena si se hubiera introducido en la música original, si eso hubiera
sido posible, los distintos ruidos y respiraciones propios de la ciudad en
determinados momentos y contextos del día.